Día 1: de camino a Ivanno-Frankivsk (las primeras impresiones de Ucrania)

Apenas llevamos unos pocos kilómetros dentro de Ucrania y en seguida hay pequeñas señales que te hacen ver que estás en un país en guerra (aunque bien es cierto que la zona occidental, donde estábamos, es la más alejada del conflicto). Uno encuentra señales a menudo alentando a la ciudadanía a unirse al ejército, o simplemente intentando inyectar ánimos, como este anuncio:

“¡Ganaremos! ¡Confiemos!” es lo que pone este cartel con los colores de la bandera ucraniana

Ucrania es un país sumamente cristiano, por lo que muchos mensajes se valen de imágenes religiosas para intentar llegar más a la gente, como este con la imagen de Cristo y la leyenda que dice “¿Qué mensaje reveló Cristo a Santa Faustina Kowalska en 1931? La promesa de Jesucristo fue: ¡Yo prometo la victoria sobre el enemigo!”.

También hay otros que nos recuerdan y honran a soldados caídos en combate, como este de abajo que pone “¡Los héroes nunca mueren!”.

Pasamos por preciosas iglesias…

…y numerosos pueblos…

todos ellos sin luz, ya que la estrategia de Rusia durante esta guerra ha sido bombardear las centrales eléctricas. El motivo es para desmoralizar a la gente. Con esto, lo primero que uno se imagina es: “uy, no tienes luz, estará muy oscuro todo”. Y sí, efectivamente es así, pero realmente eso es lo de menos. Afecta en la alimentación, ya que si tienes cocina eléctrica no podrás cocinar alimentos por lo que es común que tanto en casas como en restaurantes encuentres solamente comida fría que no requiere preparación. Muchos edificios enteros se quedan sin agua, ya que la bomba que distribuye el agua funciona con electricidad. Solo se puede pagar en efectivo en los establecimientos ya que los datáfonos dejan de funcionar, y claro, los cajeros automáticos también dejan de funcionar… por lo que tampoco puedes sacar efectivo; y todo esto por si acaso puedes encontrar algún sitio abierto, ya que muchas tiendas y restaurantes cierran al no haber energía. Los semáforos en ciudades no funcionan generando grandes atascos y caos. La red telefónica móvil e Internet dejan de funcionar, incrementando así una sensación de aislamiento y vulnerabilidad que contribuye a aumentar la ansiedad. Y todo esto sin contar las interrupciones en escuelas, lugares de trabajo o, más importante, en hospitales.

Cuando ocurren estos apagones en invierno se añade que, para las casas que sí tienen agua, lo más probable es que sea agua fría, y que el sistema de calefacción simplemente no lo puedas encender. En los días que nosotros estuvimos estábamos a -10 grados, así que ya te imaginarás la sensación de tenerte que duchar en plena oscuridad con agua helada durante el invierno sin poder tener calefacción al salir de la ducha.

Los ritmos del día a día cambian en Ucrania a causa de estos apagones. Simples pero vitales actividades como cocinar o ducharse se convierten en pruebas de resistencia. No os imagináis la cantidad de gente que conocí agotada o de mal humor por tener que aprovechar las pocas horas de electricidad para hacer estas y otras gestiones. Imagina que estás durmiendo y a las 3 de la mañana regresa la electricidad. Seguramente lo menos que te apetece a esa hora es ponerte a cocinar o ducharte. Pero si lo tienes que hacer, lo tienes que hacer, ya que no sabes cuándo volverás a tener electricidad.

Nos queda menos de medio tanque de gasolina”, fue lo que nos dijo quien conducía. Nos habíamos propuesto nunca tener menos de medio tanque por seguridad. En seguida vimos una gasolinera sobre la carretera pero claro...inocentes de nosotros…. no había luz, lo que significaba que las bombas no podían despachar gasolina….

Camino a Ivanno-Frankivsk nos detuvimos primero en un pequeño pueblo llamado Zhuravno. Paramos en casa de Mariia y Oleksandr, unos amigos de la persona que venía conduciendo la furgoneta. Ésta era una pequeña casa en un pequeño pueblo que para llegar a él se atravesaban pequeños caminos rurales con grandes agujeros encharcados por la nieve. La casa era de pequeñas dimensiones. Una habitación, un recibidor, la cocina, y un pequeño baño que acababan de construir. En eso, entró un señor amigo de ellos de avanzada edad. Sus zapatos y parte baja del pantalón sucios del campo. Unas manos gruesas y una cara agrietada por el tiempo y años de trabajo bajo el sol. El señor nos contaba sobre los misiles que habían caído en esta zona el día anterior (mientras nosotros repostábamos gasolina en Alemania).

Partimos luego a la casa de Ivanka y Anna. Madre e hija encantadoras que nos invitaron a cenar un caldo y ensalada. Ivanka se disculpó de no haber preparado algo más elaborado, pero dijo que era imposible hacerlo sin saber en qué momento vendría el próximo apagón. En estos momentos la luz había vuelto a Zhuravno, por lo que pudimos disfrutar de la cena y la compañía con prácticamente total normalidad. Ivanka nos comenzó a contar también sobre los misiles que habían caído cerca la tarde anterior, y cómo las ventanas de su casa vibraron ante el estruendo de las explosiones.

Nos quedaba todavía una hora de carretera para llegar hasta Ivanno-Frankivsk. La noche ya había caído. Dejamos Zhuravno con luz en sus casas y farolas, pero apenas unos kilómetros después todos los demás pueblos que pasamos estaban totalmente a oscuras.

Los bosques de esta zona hace que aún se vea más oscuro

Una iglesia siendo iluminada por las farolas del coche

Finalmente, llegamos a Ivanno-Frankivsk, una ciudad de más de 200.000 personas totalmente a oscuras. Las únicas luces que se veían en las calles eran las de los otros coches y gente caminando por la calle con la luz de sus móviles en la mano.

En cuanto aparcamos la furgoneta en frente del hotel, recuerdo haber tenido la tonta idea de si el hotel estaría abierto, ya que estaba totalmente apagado y vacío. Obviamente todavía no estaba acostumbrado a que la vida en Ucrania continúa aún en plena oscuridad. Tocamos a la puerta del hotel. Desde el párking pude ver cómo una pequeña lucecita blanca de linterna de móvil se encendió dentro del hotel y se iba moviendo a través de la oscuridad de ventana en ventana dirigiéndose hacia la puerta. Nos abrió una amable señora y nos dio la bienvenida al hotel. Sobra decir que éramos los únicos huéspedes. De hecho, la señora nos dijo que abrieron el hotel esos días solamente para nosotros.

Estábamos los 4 (y un perro y un gato de la señora) en la recepción del hotel iluminados con esa luz blanca LED de los móviles. Las sombras en la habitación cambiaban según los movimientos de nuestros móviles para alumbrar una u otra cosa. La señora nos dio las típicas indicaciones de hotel (a qué horas se sirve el desayuno, a qué horas es el check-out, etc…) y otras más propias de la situación (que no se sabía en qué momentos habría luz, que mientras no hubiese luz no había agua, y que teníamos que pagar en efectivo ya que su datáfono no funcionaba).

Después llegó el momento de enseñarnos las habitaciones. Nos abríamos paso entre la oscuridad con la luz de nuestros móviles.

 
 

La madera de las escaleras crujía debajo de nuestros pies mientras subíamos los escalones, y las linternas de nuestros móviles iluminaban las paredes dejando entrever así unos cuadros con figuras de paisajes, personas y flores.

Mi habitación con la luz del móvil

Interior del hotel

En cuanto me enseñó mi habitación, me di cuenta que la señora ya disponía a irse sin darme la indicación que más esperaba yo: ¿qué hacer en caso de alarma antiaérea? Ante mi pregunta, la señora se me quedó mirando como si mi pregunta hubiese sido absurda. Me dijo que no había nada que hacer, que no había ningún refugio cercano, y por tanto, en caso de bombardeo “pasará lo que tenga que pasar”.

Ya en la cama, y con una temperatura allá afuera por debajo de los 0 grados mientras yo estaba con 4 capas de mantas encima y con mi abrigo y gorro para la cabeza puesto, me percaté por primera vez de un sentimiento que me estaría acompañando cada noche en mi visita a Ucrania: una extrema sensación de vulnerabilidad al momento de acostarme. La mayoría de los ataques a las ciudades alejadas de la línea de frente son en la madrugada. Y sí, ya sé que estaréis pensando que si cae un misil da igual si es de día que de noche, simplemente cae y se acabó todo. Y es cierto. Pero es solo que durante la noche uno se siente más expuesto porque no está alerta, en caso que haya que salir corriendo uno se encontrará más atontado. Y sobre todo, esa sensación de saber cómo vas a la cama pero que no sabes cómo vas a despertar. Tenía todo esto en la cabeza mientras veía fijamente el enorme tragaluz que tenía encima de la cama y que recordaba la conversación que había tenido hacía apenas unas horas con Ivanka sobre cómo temblaban los vidrios con las explosiones.

Anterior
Anterior

Introducción y un poco de historia

Siguiente
Siguiente

Día 2: Ivanno-Frankivsk, conociendo su historia e iglesia