Día 4: viendo la historia viva camino a Kiev
Nos levantamos pronto ya que este día conduciríamos más de 600 kilómetros para llegar hasta Kiev. Uno de mis compañeros ya estaba desayunando en una de las mesitas del hotel mientras me enseñó un vídeo de un amigo suyo que era profesor de historia antes de la guerra y ahora era un soldado que se encontraba en la línea de frente. Con sus fatigas de guerra y dentro de una trinchera pide disculpas a sus amigos por “haber dejado los libros y tomado las armas”.
Cuando terminamos de desayunar, una sonriente propietaria nos trae la factura de nuestro hospedaje en el hotel: 9 páginas que incluyen 2 certificados con miles de sellos y firmas y 1 informe que detalla mis actividades en el hotel como mis horas de llegada y salida, mis horas de sueño y horas de desayuno. Al final dicho informe concluye que cumplí “satisfactoriamente” mis actividades. ¡No podía creer esta “factura”! Definitivamente una reminescencia de la Unión Soviética.
Ya en ruta nos detuvimos en un pequeño pueblo para recoger unas cosas que teníamos que entregar en Kiev. Era un pueblo con una plaza en el centro y pequeñas casas de una planta de madera alrededor. Había 3 hombres mayores sentados en la acera que nos miraban fijamente, desconozco si con sospecha por la presencia de 3 extranjeros en ese pequeño pueblo, o si simplemente para ver cuál iba a ser el cotilleo del día. Y mientras ellos nos observaban a nosotros, nosotros veíamos un monumento a los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial que se encontraba en el centro de esta plaza.
Este pueblo, al igual que toda Ucrania, fueron de los que más sufrieron durante el conflicto bélico. Para el final de la guerra unos 7 millones de ucranianos perecieron, lo que es el 16% de su población. Solamente Polonia y Bielorrusia pusieron más muertos en la contienda.
Cuando Hitler llega al poder decide impulsar la política de “lebensraum”, que básicamente venía a decir que los alemanes necesitaban un espacio vital para ellos. Y para poder alcanzar ese espacio era necesario conquistar nuevos territorios que les dieran recursos y tierras. Si esas tierras ya estaban habitadas, no había problema, se aniquilaría su población. Hitler miró hacia el este, principalmente a Ucrania, ya que tenía la fama de ser el granero de Europa, además de que vivía ahí un millón de judíos. Sin embargo, desde Moscú, Stalin tenía otros planes para Ucrania: nunca debería de salir de su órbita de poder. Así, la desvalida Ucrania estaba en medio de las brutales políticas de 2 de los peores dictadores del siglo XX.
En septiembre de 1939 la alemania nazi y la Unión Soviética ya habían partido Polonia. Las fuerzas de la Unión Soviética se instalaron en todo lo que es Ucrania para defenderla del ejército nazi. Al inicio, los ucranianos estaban agradecidos con el ejército rojo. No obstante, al poco tiempo, esta luna de miel terminó debido a las paranoias de Stalin que veía enemigos en todas partes. Las tierras y bienes de la iglesia greco-católica, así como de la ortodoxa, fueron confiscados. Los líderes del partido comunista de la zona occidental de Ucrania fueron considerados “nacionalistas ucranianos” y por tanto enemigos. Para junio de 1941, cuando los nazis finalmente atacan a la URSS, la policía secreta soviética ya había deportado a Siberia y Asia Central a 1,25 millones de ucranianos. Sobra decir que muchos de estos murieron, y que por esa represión así como por el hecho que los ucranianos nunca olvidaron la colectivización de las tierras y la consiguiente hambruna, veían ahora como salvadores a los alemanes en cuanto llegaron a sus puertas.
Los ucranianos del occidente de Ucrania, como los del pueblo donde me encuentro ahora, recordaban cuando toda esta región estaba bajo el imperio austro-húngaro hasta 1918, y que después fue ocupado brevemente por los alemanes de una manera mucho más benigna que la represión soviética. Por eso, veían con esperanza a los nazis y pensaban que su próximo futuro iba a ser más prometedor. No obstante, los ucranianos pronto se dieron cuenta que los alemanes de 1941 no tenían nada que ver con los alemanes de 1918.
Los judíos ucranianos ni siquiera llegaron a ver Auschwitz o cualquier otro campo de concentración. Eran detenidos y fusilados a sangre fría en las afueras de sus ciudades, pueblos y villas. Cuando desde Berlín se decide coordinar la “solución final”, esto es, erradicar a todos los judíos de Europa, en Ucrania ya se había asesinado a un millón de hombres, mujeres y niños judíos. Esto significa que 1 de cada 6 judíos que murió en el holocausto fue ucraniano.
A la población en general tampoco le fue mejor. Alemania necesitaba de mano de obra para poder mantener engrasada su economía de guerra. Primero con engaños, y después a la fuerza, 2,2 millones de ucranianos fueron deportados a la fuerza a Alemania entre 1942 y 1943. De estos, solamente 120.000 personas sobrevivieron cuando el ejército rojo los liberó, pero fueron enviados directamente a los campos de concentración soviéticos, los gulag.
Hitler pasó un largo tiempo de 1942 en Ucrania occidental, en su base más al este construida, en la ciudad de Vinnytsia, cerca del pueblo donde estoy. No obstante, al poco tiempo daría órdenes a su ejército de retirarse ya que el ejército soviético estaba entrando otra vez con fuerza por el este de Ucrania conquistando nuevamente el territorio.
Y ahora, paradójicamente, los ucranianos veían a los soviéticos como esta vez los salvadores. No obstante, los soviéticos siempre recelaron de los ucranianos, sobre todo los de Ucrania occidental, ya que los veían como muy “cercanos” a la cultura alemana y como traidores. El ejército rojo los reclutó a la fuerza y los obligó a luchar contra los alemanes sin ningún tipo de entrenamiento y con escaso equipo. La mayoría de estos murieron a las afueras de sus pueblos y ciudades luchando.
Y es así como algún funcionario del politburó comunista ucraniano, o incluso quizás desde Moscú, decidió que sería bueno poner en la plaza de este pueblo este monumento en honor de los soldados soviéticos que cayeron. Y es también así que la gente de este pueblo de hoy en día decidió que era mejor quitarla.
Perro con monumento soviético destruido
Lo único que dejaron fue el brazo del soldado
El derribo de la estatua tuvo que haber sido reciente, ya que todavía se aprecian las rodadas de un vehículo
Cuál fue nuestra sorpresa cuando estábamos en las afueras del pueblo, en un taller para recoger el encargo, cuando nos dimos cuenta que ése había sido el lugar elegido para el nuevo “emplazamiento” de la escultura junto con otra basura.
Volvimos a tomar rumbo hacia Kiev, ya que todavía nos faltaban varios kilómetros por estas pintorescas carreteras ucranianas.
Aunque lo malo es que las carreteras también están llenas de nuevos cementerios.
Cementerio al lado de la carretera
Conforme nos íbamos acercando a Kiev, la temperatura comenzó a bajar y ahora sí había nieve en ambos lados de la carretera, misma que nos acompañó hasta la capital.
Mientras íbamos echando kilómetros el que venía conduciendo la furgoneta se estaba escribiendo con su amigo, al que le teníamos que entregar el paquete que habíamos recogido. Aquí fue cuando nos enteramos que el amigo era un soldado y que lo que llevábamos era para el ejército (no era nada militar ni muchísimo menos, creedme que era algo muy aburrido. Simplemente no menciono el qué era para que no se pueda relacionar la historia de ninguna manera con las personas involucradas).
Cuando le preguntamos a quien conducía dónde en Kiev había que entregar el paquete, nos dijo: “No lo sé. No me lo ha dicho a mí tampoco por seguridad. Más al rato me enviará otro mensaje”. En estos momentos no se sabía qué tanto podían estar rastreando los rusos o no las comunicaciones.
Nos cayó la noche y todavía faltaban varios kilómetros para Kiev. Había 2 cosas que ocupaban mi mente: hielo y misiles. La mayoría de los ataques estaban sucediendo por la noche; aunque pensándolo bien, ¿para qué gastar un misil en una carretera? Mejor atacar una ciudad donde la posibilidad de causar daño material y humano es mayor.
Conforme nos íbamos acercando a Kiev comenzamos a notar ahora sí las cicatrices de la guerra: edificios totalmente destruidos y quemados comienzan a salpicar el paisaje nocturno a ambos lados de la carretera. Los controles militares comienzan a aumentar. Y cuando quedan menos de 200 kilómetros para llegar a la ciudad notamos que todas las señales de tráfico de la autopista que indican las direcciones de las ciudades y distancias han sido arrancadas para despistar a las tropas del enemigo brindando la menor información posible.
PONER FOTO DE NOCHE SIN SEÑAL DE TRÁFICO
Desde lo lejos vemos un enorme arco de metal con unos reflectores gigantes alumbrando totalmente la autopista debajo de dicha infraestructura. Cada vehículo que pasa por ahí es instantáneamente fotografiado. Y en eso, nos encontramos ante Kiev. Enormes edificios en frente de nosotros totalmente oscuros a causa de los apagones. Todo se ve como una enorme mole negra recortando la noche. Una neblina muy baja añadió más si todavía cabe un aura tenebrosa a nuestra entrada en la ciudad.
El teléfono del que conducía sonó en ese momento. Era un mensaje con las indicaciones del punto de encuentro con el militar: “Nos veremos en frente del lugar donde comimos la última vez que nos vimos”. Fueron todas las indicaciones. Ni siquiera hora de encuentro. Teníamos que dirigirnos ya hacia ese punto y el soldado nos estaría esperando desde algún lugar, observando hasta nuestra llegada para entonces él aparecer.
Finalmente el punto de encuentro fue en un pequeño parque en un barrio de la periferia de Kiev. En cuanto se vieron los 2 viejos amigos para pronto fueron sonrisas y abrazos, seguida de una animada conversación seguramente poniéndose al día. Mientras tanto yo solo miraba el manto blanco de la nieve que cubría todo el parque y los edificios soviéticos que teníamos en frente. Después la conversación entre los dos tomó un matiz un poco más serio, le dimos el paquete, y nos subimos a la furgoneta. El encuentro duró apenas unos pocos minutos.
Ya en la furgoneta, el que venía conduciendo nos dijo: “Me ha dicho que se espera un ataque a Kiev en los próximos días”. El amigo soldado le había advertido que habían detectado movimiento de aviones en Bielorrusia y un portaaviones en el Mar Negro.
Seguimos atravesando las calles de Kiev. Algunas de ellas casi totalmente oscuras si no fuera por el resplandor de la nieve; y otras sí iluminadas ya sea porque en esos barrios no había cortes o porque estaban funcionando con generadores. Después cruzamos el puente Patona, cargado con sus estrellas comunistas y la hoz y el martillo, de cuando Ucrania estaba bajo ocupación soviética; y por debajo, el río Dniéper, aquél río que fue navegado por los vikingos cuando tomaron la ciudad en el siglo IX.
Llegamos a nuestro destino. Las noches en Kiev nos alojaríamos en el piso de una amiga. Su piso, en una quinta planta de un edificio soviético, con vistas a una iglesia ortodoxa con sus cebollas doradas cubiertas de nieve, con un viejo piano desafinado, y todo lleno de velas para que pudiéramos ver.