Día 1: Llegada a Marrakech y en coche hacia los “ksars” del desierto
Nuestro avión aterrizó a las 11 de la mañana en Marrakech. Desde la pista de aterrizaje veíamos la arena suspendida en el aire y cúpulas doradas de los minaretes de las mezquitas asomándose por encima de todo el polvo y brillando ante un sol incandescente. De aquí nos fuimos directos a la oficina de alquiler de coches para irnos rápidamente hacia el sur de Marruecos, rumbo al desierto del Sahara.
¿Dije “rápidamente”? Una disculpa, no contaba con los poderes de Hassan. Llegamos Eloísa y yo a la oficina de alquiler de coches empapados de sudor por llegar caminando y cargando nuestras mochilas bajo el calor abrasador de Marrakech de agosto del mediodía (unos 47 grados). Pero no importaba, nuestra ilusión del viaje era mayor que los litros de sudor que ya había desprendido. Una amable recepcionista con una sonrisa en la cara nos pidió que tomáramos asiento, que en cuanto llegara Hassan en unos 15 minutos nos atendería. ¿Qué podía salir mal? ¡Hasta mejor! Así nos podíamos refrescar un poco con el aire acondicionado y a lo mejor hasta se me secaba la camisa del sudor y estaba yo un poco más presentable para las transacciones del vehículo.
Pasaron los 15 minutos pero ni Eloísa ni yo perdimos la ilusión. Cualquiera puede llegar un poco tarde, ¿no? Además, Hassan estaría al llegar. En cualquier momento se abriría esa puerta y entraría él con una gran sonrisa y nuestras llaves del coche. Pasada la media hora la puerta no se abrió y le pregunté a la recepcionista que qué pasaba con Hassan, si estaría todo bien. Le llamó ella por teléfono para averiguar dónde estaba, y al colgar el aparato me dijo “15 minutes” con una sonrisa. Mi esperanza me hizo creer en esos mágicos 15 minutos otra vez. Así que me senté a esperar, todavía con esperanza aunque la duda ya se comenzaba a asomar.
Pasados esos 15 minutos todo seguía igual dentro de la oficina. La recepcionista trabajando no sé en qué, y Eloísa y yo sentados con la paciencia cada vez más fina. Le dimos un poco más de margen a Hassan para llegar tarde de su llegada tarde. Así que después de unos 25 minutos de la llamada telefónica la recepcionista le volvió a llamar a Hassan para ver qué ocurría. Después de una larga conversación de la que yo poco podía entender, cuelga la recepcionista y esta vez con una cara seria me dice “30 minutes”. Sudé frío ante lo que escuché. Si llevábamos ya una hora esperando cuando nos habían dicho que serían solo 15 minutos, ¿qué podríamos esperar si nos dicen 30 minutos y con cara seria? Ahora sí pasados los 30 minutos exactos ya estaba ahí otra vez con la recepcionista con un largo monólogo sobre lo injusto que era que nos tuviesen esperando tanto tiempo si no había más clientes, etc…. La recepcionista volvió a comunicarse con Hassan y veía cómo su mirada se iba apagando. Sin colgar el auricular me dice “Hassan va a ir al aeropuerto a recoger un coche y luego viene para acá”. No lo podía creer. Después de una discusión donde la pobre recepcionista era simplemente la mensajera Hassan se comprometió que ya vendría directamente a la oficina.
O Hassan estaría en la otra punta de Marrakech, o sí fue al aeropuerto, pero el caso es que tardó otra media hora en llegar. Al final estuvimos en total poco más de 2 horas esperando por su llegada. Ya después que nos entregara las llaves estábamos en el párking revisando el coche. Ahí fue donde Hassan nos dijo que el vehículo no tenía absolutamente nada de gasolina, que estaba en la reserva desde hacía varios kilómetros, pero que no nos preocupáramos que porque sí alcanzaríamos a llegar a la gasolinera que estaba en la esquina.
Ya finalmente con el tanque lleno dejamos atrás el caos y bullicio de las calles de Marrakech y las garras de Hassan, y ante nosotros teníamos una anodina carretera plana donde a los lados solo se veía una infinita planicie con tierra suspendida en el ambiente. De pronto, a lo lejos y sobre esa nube de tierra, se alcanza a ver la cordillera del Atlas. El Atlas es una serie de montañas que divide la costa mediterránea/atlántica de Marruecos con el desierto del Sahara. Y más importante, el Atlas ha sido el hogar histórico de los amazigs, o como se les conocía comúnmente antes, los bereber.
PONER ALGUNA FOTO DEL ATLAS
Los amazigs son los pueblos autóctonos del norte de África, y prefieren este nombre que en su lengua significa “hombres libres” o “nobles” sobre el de bereber, que proviene del griego y significa “bárbaro”. No hay duda que yo también sabría qué nombre elegiría.
Durante siglos los amazigs llamaron al Atlas su hogar, y su construcción típica es la de adobe. Es muy característica en esta región de Marruecos y sobresale porque en muchas ocasiones añaden patrones amazig a modo de decoración.
PONER FOTOS DE CONSTRUCCIONES DE ADOBE Y QUE SE VEAN SÍMBOLOS AMAZIG
Pero más importante aún, los amazigs tuvieron gran poder en estas montañas, puesto que ellos fueron los guías durante más de 1.000 años de las miles de caravanas comerciales que pasaron por aquí que venían desde el desierto y buscaban vender sus productos en grandes ciudades como Marrakech y Fez. Solemos imaginarnos el Sahara como un vasto desierto donde no hay nada. Nada más alejado de la realidad. Desde antes de la llegada del Islam a la región (siglo VII) hasta inicios del siglo XX, el Sahara era un territorio lleno de rutas comerciales, ¡y por sus venas circulaban caravanas que podían llegar a tener hasta 10.000 camellos! Estas caravanas eran realmente todo un pueblo en movimiento. Y toda esta gente necesitaba lugares de reposo y aprovisionamiento, por lo que comenzaron a florecer centros urbanos en los oasis y a veces paradas en medio del desierto. Grandes ciudades surgieron de las arenas como Gao y Walata, pero quizás la más espectacular de todas Timbuctú, hoy en Mauritania y Malí.
Lo que podría parecer una barrera comercial, realmente el desierto del Sahara fue un puente que unió comercialmente los reinos del África occidental con el norte de África. Ciudades como Gao y Timbuctú exportaron al norte de África productos que ahí eran escasos, como el oro, marfil y esclavos. A cambio, desde el norte de África se traía sal, textiles, caballos, y libros y manuscritos. Y en el centro de todo este intercambio entre el sur y el norte estaban los amazigs en sus montañas del Atlas, bien guiando a las caravanas por rutas seguras, o bien ofreciendo puestos de descanso a lo largo de las rutas.
Estos puestos comenzarían con pequeños graneros y almacenes donde los animales y personas pudieran reposar mientras se les vendían agua, alimentos y cualquier otro bien que necesitasen a la sombra de alguna palmera. Con el paso del tiempo estos puestos fueron creciendo ya que más y más gente llegaba, y por tanto se necesitaba que hubiese más y más gente que ofreciese materiales y servicios que satisfacieran la demanda. Por tanto comenzaron a construirse más graneros, almacenes, alojamientos y casas para toda esta gente que atendía. Se añadirían mezquitas también para que la gente no se quedara sin sus rezos y ¿por qué no? incluso también alguna sinagoga por si acaso hubiera algún judío por ahí. Todos estos lujos concentrados en un solo lugar podrían ser muy apetitosos para lugares donde abunda la escasez como en el desierto, por lo que era necesario amurallar estos recintos para protegerlos ante posibles ladrones.
Y es así como llegamos a los “ksour”, que son villas fortificadas en el desierto o a las puertas del desierto. Y algunas de estas villas fortificadas tendrían también su propio castillo, todo hecho de adobe, llamado “kasbah”. Así que aquí estábamos, entre las majestuosas montañas del Atlas, en territorio amazig, camino hacia el Sahara, haciendo la “ruta de los 1.000 ksour”. Algunos de ellos son más imponentes que otros, algunos están en mejor estado de conservación que otros. Pero todos, sin excepción, te dejarán impresionado.
Mientras íbamos por la serpenteante carretera nos cruzamos con nuestra primera fortaleza del desierto (kasbah): Tamdakhte.
Aunque esta no es muy antigua (siglo XIX) impone su tamaño.
Aquí no hay ninguna villa fortificada, tan solo la kasbah, por lo que sugiere que aquí no era un lugar de reposo de las caravanas. Probablemente la finalidad de esta fortaleza era la de vigilar el valle Ounila y asegurar el paso seguro a las caravanas.
Desde lo alto de la fortaleza se podía observar el valle Ounila, por donde seguramente pasaban las caravanas
La kasbah por dentro conserva una mezquita y sala de abluciones, así como antiguas habitaciones ricamente decoradas.
Ruinas de la mezquita de Tamdakhte
Sala de abluciones
La mezquita de Tamdakhte se encuentra ya abandonada desde tiempo
Motivos geométricos decorativos en una habitación de la kasbah
Motivos geométricos y un techo labrado adornan esta sala
Entre los siglos XIII y XVI fueron los de máximo comercio a través de las caravanas. Pero a partir del siglo XVI los europeos aparecieron con sus barcos en las costas africanas, por lo que poco a poco las caravanas del desierto fueron desapareciendo y nuevas rutas marítimas se crearon. Con esto, las kasbahs y ksours fueron quedando abandonados poco a poco, como es el caso de Tamdakthe y otros que veríamos.
Entrada a la kasbah Tamdakhte
Dejamos atrás esta kasbah para, a tan solo 5 km, dirigirnos a la villa fortificada de Aït Benhaddou, también ya abandonada y ahora reconvertida para las visitas turísticas.
Aït Benhaddou
Aït Benhaddou es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1987 y ha sido escenario de taquilleras películas y series como Gladiador, La Momia y Juego de Tronos.
El río (aunque en estos momentos seco) permitió que hubiera algo de agricultura históricamente, lo que hizo de Aït Benhaddou un lugar atractivo
El río Ounila atraería a los primeros habitantes, pero no sería hasta el siglo XI que Aït Benhaddou comienza a establecerse como parada importante en las rutas comerciales transaharianas.
A diferencia de Tamdakhte, Aït Benhaddou sí es toda una villa fortificada, lo que significa que aquí fue un lugar donde las caravanas paraban a descansar, reponerse, buscar provisiones y seguramente intercambiar productos e historias de lugares lejanos. Aït Benhaddou sería un hervidero de gente cada día contando noticias de lugares lejanos, mostrando e intercambiando objetos exóticos ante la mirada de esclavos que fueron forzados a cruzar el desierto y el gramido de camellos.
Entrada a Aït Benhaddou
Quizás las caravanas reposaban aquí al llegar a Aït Benhaddou
Debido al gran movimiento de gente que tuvo que pasar por Aït Benhaddou, también hubieron mezclas de culturas y razas. Conforme más nos acercamos al sur más comenzamos a notar la influencia de la África negra, sobre todo de Malí o Senegal, en algunos detalles arquitectónicos. Por ejemplo, detalles con colores muy vivos que no son propios del mundo árabe.
Entre esta mezcla de culturas debemos también imaginarnos a una comunidad judía viviendo en Aït Benhaddou, tal como lo atestigua su sinagoga.
Esto no debería de sorprendernos. Durante la época medieval Marruecos tuvo una de las comunidades judías más grandes del mundo árabe, sobre todo después de 1492, año en que son expulsados de España. Estas sinagogas no eran solamente un lugar de culto, si no que también eran lugar de reunión y funcionaban como escuelas.
Pero, ¿qué era lo más importante de todo el ksar y que era protegido con la propia vida si hacía falta? Los graneros. Estos graneros guardaban el bien más preciado de lugares tan inhóspitos como podía ser éste: la comida. Aquí se guardaban granos, cosechas, dátiles, aceite y cualquier otro alimento que pudiera ser de ayuda en caso de una sequía o mala cosecha. En estos graneros también se podían guardar documentos y mercancía importante ya sea de los habitantes o de alguna caravana. Puede decirse que los graneros eran la “caja fuerte” comunitaria. ¿Véis en la foto de arriba la pequeña edificación en la cima de la montaña? Ése es el granero de Aït Benhaddou. Como véis, cualquier intruso que quisiera robar esa comida tendría primero que atravesar las murallas de la villa, atravesar la kasbah que se encuentra justo después de las murallas, atravesar todo el pueblo cuesta arriba con unos ciudadanos enfurecidos, y atravesar las segundas murallas que se encuentran en la colina protegiendo el granero. Y después tenías que intentar escapar con el botín claro.
Aït Benhaddou y el desierto detrás…. aunque todavía no es el Sahara
Estaba ya oscureciendo. Seguramente siglos atrás se seguirían escuchando conversaciones y comenzarían a encenderse velas y fogatas entre el bullicio de la gente y animales. Pero hoy en día nadie vive en Aït Benhaddou por lo que no hay ninguna farola. El pueblo queda totalmente a oscuras, por lo que Eloísa y yo nos fuimos para no quedarnos perdidos en sus laberínticas calles.